El pasado 31 de diciembre, mientras muchos despedían el año entre celebraciones y fuegos artificiales, nosotros elegimos algo diferente: cerrar el año en la presencia de Dios. En nuestra iglesia Amor y Fe, cientos de familias se reunieron con un mismo propósito: agradecer por lo vivido y consagrar el nuevo año al Señor.
Nuestra vigilia de fin de año no fue simplemente una reunión especial; fue un encuentro profundo con Dios. Desde los primeros momentos se sentía una atmósfera de gratitud y expectativa. La alabanza alegre llenó el lugar de gozo, recordándonos que, a pesar de los desafíos enfrentados durante el año, la fidelidad de Dios nunca nos faltó. Cada canción fue una declaración de confianza, cada aplauso una expresión de victoria, cada voz levantada un testimonio de Su bondad.
Luego, en la adoración, el ambiente cambió a uno de reverencia y entrega. Muchas familias se unieron en oración, algunos de rodillas, otros con lágrimas en los ojos, pero todos con el corazón dispuesto. Fue un momento íntimo donde agradecimos por las puertas abiertas, por las pruebas que nos formaron, por la provisión en tiempos difíciles y por la gracia que nos sostuvo hasta el último día del año.
La Palabra de Dios ministrada esa noche fue clara y oportuna. Nos recordó que cada cierre trae consigo una nueva oportunidad, que los procesos no son en vano y que el Señor sigue escribiendo nuestra historia. También recibimos la visión para este nuevo año como iglesia: una dirección espiritual que nos impulsa a crecer, servir y avanzar con determinación, sabiendo que el futuro está en Sus manos.
Recibir el 2026 de rodillas fue una decisión poderosa. No fue un acto simbólico, sino una declaración de dependencia total. Reconocimos que sin Él nada somos y que con Él todo es posible. Al sonar el cambio de año, no hubo solo abrazos y sonrisas, sino oraciones, gratitud y un compromiso renovado de caminar en obediencia y fe.
Esta vigilia nos recordó que la verdadera celebración no está en lo externo, sino en la certeza de que Dios permanece fiel. Fue una noche donde amigos se convirtieron en familia, donde generaciones adoraron juntas y donde el amor de Dios fue el centro de todo.
Hoy miramos hacia adelante con esperanza. Creemos que este nuevo año traerá desafíos, pero también milagros; procesos, pero también crecimiento; siembra, pero también cosecha. Y lo comenzamos de la mejor manera posible: en Su presencia.
Damos gracias a cada familia que hizo parte de esta noche inolvidable. Que lo que comenzó el 31 de diciembre continúe cada día del año: una iglesia unida, apasionada por Dios y comprometida con Su propósito.
¡Toda la gloria sea para Él por lo que fue, por lo que es y por lo que vendrá!







